Es una realidad. El protagonista, el héroe de ficción tal y como lo concebíamos -casi perfecto, de impecables valores, el que todo lo hace bien, ese «personaje plano»- se está viendo desplazado por el antihéroe a la hora de despertar la simpatía -y empatía- del espectador. Son ya demasiados ejemplos para no hablar de un fenómeno en toda regla: el «villano bueno» está de moda y hemos preguntado a psicólogos y guionistas por el por qué de esta extraña pleitesía.
Porque cuesta entender y justificar esta admiración por personajes sin moralidad, antipáticos o, en el peor de los casos, auténticos monstruos. Desde el punto de vista narrativo, ¿el relato del delincuente al que nunca consiguen atrapar es más atrayente que el de la resolución del caso por «los buenos»? Desde la perspectiva de la mente humana, ¿nos atrae la personalidad maligna?
Es, más bien, una cuestión de fascinación por lo complejo. lo imperfecto. Son muchos años viendo ficción y necesitamos nuevos estímulos. «La clave del antihéroe parece ser que actúa (y ocupa) el papel del héroe, de formas – modos o intenciones – distintas a lo habitual. Es algo que no pasa ni con un villano, ni con un héroe al uso», nos aclara Javier Jiménez, psicólogo. «Las ‘nuevas series’ están buscando romper con todos los arquetipos ya que han comprobado que es una buena estrategia narrativa. Además, lo hacen desde el lado negativo, tratando de aprovechar el morbo del espectador.»
Y la industria televisiva lo sabe. «Siempre ha habido series de éxito a lo largo de los tiempos, pero ahora es cierto que parece haber un fenómeno de serie de “culto”. Estas series comienzan a desarrollarse cuando los productores y las cadenas de televisión arriesgan y se deciden a dar libertad a los guionistas para crear la serie que quieren hacer, sin imposiciones, apostando por historias arriesgadas.», nos cuenta Simón Fariza, director y guionista de cine de género fantástico (y creador de antihéroes) en Terreta Films.
El fenómeno no se detiene, porque las audiencias lo respaldan. Queremos caldo y nos dan cientos de tazas cada año: en 2014 se emitieron un total de 328 series -sólo en USA, no olvidemos que hay más «mercados»- entre estrenos y nuevas temporadas. Estas historias traen consigo una hornada de «buenos» malos y ambientes oscuros, haciendo que el espectador se habitúe a estos nuevos universos. Y entienda la verdadera esencia del malo.
Aprendemos a ver más allá, a respetar a un asesino como Omar Little (‘The Wire’) porque dentro de su actividad criminal, mantiene unos principios que le ennoblecen. O a empatizar con el mafioso Tony Soprano (‘Los Soprano’), sumido en una crisis existencial desde que los patos emigraron de su piscina. Es la eterna contradicción, la lucha del bien contra el mal, ese tema universal, que se libra dentro del personaje.
«Los antihéroes son gente con un pasado que les tortura y les ha llevado a ser como son. Que hacen las cosas por un motivo que no siempre es el más obvio. Es más fácil que nos sintamos identificados con ellos porque son más reales (¿o acaso no se puede ser malo y generoso -o bueno y mentiroso- al mismo tiempo?) y eso les convierte en más interesantes.»
Tirso Conde, guionista de televisión.
Y tan reales. Como que personajes como Walter White (‘Breaking Bad’) u Omar Little (‘The Wire’) se basan en personas de carne y hueso. Y aunque sean ajenas a nosotros, podemos llegar a conectar con ellos: es el poder persuasivo que la narrativa ejerce sobre el espectador/lector/oyente, como se explica en este artículo de psicología. Y ¿quién no conoce a alguien que use mecanismos anti-sociales para protegerse de quedar expuesto a cualquier daño?
«En general, cuando alguien que nos cae bien hace algo malo, tendemos a pensar que es fruto de las circunstancias. En cambio, cuando hace algo bueno, asumimos que es debido a que es buena persona. Los antihéroes hacen cosas ‘buenas’ y tienen rasgos con los que podemos sentirnos identificados, por lo que la pregunta que le surge al seriéfilo es ‘¿Qué hace que sea un auténtico capullo?’. Es decir, nos plantean un enigma haciendo al personaje más complejo y haciendo avanzar la proyección.», como nos explica Javier Jiménez. Desde luego, no hay mayor capullo que House (Hugh Laurie). Ni tampoco ser más complejo.
House, el médico al que no le importan las personas
House también tiene sus razones para ser antipático y drogadicto. Nunca lo ha escondido y por eso se permite actuar sin ningún tipo de protocolo social y hablar sin filtros, sin que le preocupe herir u ofender o la imagen que proyecta. «Todo el mundo miente», repite una y otra vez. Su desconfianza en el paciente deriva en una falta total de fe en la raza humana. Sólo su ex, su jefa y -entre períodos de locura y cordura- novia o su único amigo Wilson consiguen sacar su faceta humana, que se esconde tras esa máscara (todos la tienen, House también) que se pone para convivir con el dolor crónico y una inmadurez emocional.
Aunque con esa actitud sólo consigue boicotear cada cosa o persona buena en su vida y practica como nadie la auto-destrucción, House es, con diferencia, el menos malo de estos malos. Aunque sólo sea por su amor a resolver puzzles, sus acciones van a favor de la vida. El sentido del humor sarcástico, una absoluta sinceridad, un tremendo ego y su brillante inteligencia le convierten en alguien irresistible, al que no puedes evitar amar/odiar. Es precisamente su mala baba la responsable del gran nivel cómico en una serie de médicos.
Pertenece un año seriéfilo que supuso una gran cosecha de nuevos antihéroes, como bien señala Tirso Conde, guionista de televisión. Pero, como en todo en ficción, aquello ya estaba inventado. «El éxito de ‘House’ ha podido ser uno de los motivos de este cambio. Esta serie es del 2004 y ‘Lost’ también. Esta última estaba repleta de antihéroes (véase Swayer, el Han Solo de la serie). Se podría decir que el 2004 es un año significativo para la ficción seriéfila, aunque creo que ya podíamos disfrutar de protagonistas antiheróicos en la tele desde bastante antes. Algunos de ellos: Laura Palmer en ‘Twin peaks’, Homer en ‘Los Simpson’, Hal Bundy en ‘Matrimonio con hijos’… ¡Incluso Pedro Picapiedra en 1960! » .
Heisenberg: la brutal metamorfosis de un hombre corriente

Walter White (Bryan Cranston) – Breaking Bad_Season 1, Episode 1_»PIlot» – Photo Credit: Doug Hyun/AMC
«La gente tiene razones que, aunque nos horroricen, nos pueden resultar comprensibles.»
Javier Jiménez, psicólogo.
Es difícil explicar por qué se siente pena por Heisenberg/Walter White (Bryan Cranston) y su destino en ‘Breaking Bad’. Porque aunque su objetivo siempre fue honrado -dejar a su familia en una buena posición económica- no escatima en delitos para conseguirlo: narcotráfico, asesinatos, desintegración química de cadáveres, omisión de socorro… Si le pillaran y le juzgaran, sus maldades le costarían 7 cadenas perpetuas y 715 años de prisión (para más curiosidades sobre el personaje, aquí).
El catálogo de pecados de Heisenberg es amplio. Sin embargo, el personaje que nos presentan al principio de la historia sólo es un pobre hombre al que nadie respeta, al que nadie presumiría ninguna maldad. En esencia, un buen hombre cuya ética le obliga a hacer una lista de pros y contras antes de matar a alguien; su humanidad, a alimentarle durante días; su bondad -sumisión disfrazada- a cortarle la corteza del sándwich.
Walter White siempre fue la coartada de Heisenberg para que no sospecharan de él. Para antes de terminar la primera temporada ya ha descubierto que esa vida ilícita es lo único que le hace sentirse vivo. Alguien que decide, que toma el control. Así empieza su catarsis personal, pasando de panoli a «el peligro», de Walter a Heisenberg. De profesor de química a cocinero de metanfetamina y delincuente más buscado. Y es que, ¿qué es la química sino «el estudio del cambio»? Una evolución que se aprecia a la perfección en este vídeo, SPOILER ALERT, sólo apto para los que hayáis visto toda la serie, hasta el último minuto del último capítulo.
Si House es el menos malo, para Simón Fariza, Heisenberg es el mejor malo que ha dado la ficción televisiva. Su habilidad para despistar a la DEA, metida en su casa en forma de cuñado y para moverse en ese peligroso mundo de drogas y muerte, además de su tremenda transformación a todos los niveles son demasiado fascinantes como para dejarnos llevar por unos cuantos «malos actos» y no dejarnos atrapar por el carisma del personaje dentro del personaje:
«Para mi hay un antes y un después con Heisenberg. A mi juicio ‘Breaking Bad’ consiguió desarrollar el mejor malo de la historia, no sólo a nivel series, sino a nivel cine. Heisenberg es el malvado que todo guionista mataría por poder crear, un personaje que encarna el mal. Se va forjando poco a poco, va oscureciéndose, se va convirtiendo en un monstruo lentamente. Pero lo mejor de todo es que el espectador le adora.»
¿Pero cómo es esto posible? Porque las series y sus personajes acompañan al espectador durante años, los suficientes para empatizar con sus motivos y entender su presente a través de su pasado. Porque acabamos viéndolos como personas reales. «En 5 temporadas -continúa Simón- al espectador le da tiempo de ir conociéndole, desde que es un pobre hombre enfermo llamado Walter White hasta que se transforma en el monstruo Heisenberg. Se sumerge en esa montaña rusa, convive con él, se ríe con él, se enfada… Lo impresionante es que al final el espectador le justifica. Sabemos que no obra bien, pero lo podemos llegar a entender. ¿Qué haríamos nosotros en su situación? Esa pregunta es lo que nos fascina del personaje.»
En esta explicación también coincide Guido Corradi, psicólogo, que nos habla del efecto «Mera exposición»: «Cualquier cosa que no sea especialmente lesiva acaba gustándote cuando te expones mucho a ella. En las series el antihéroe pasa muchas horas con nosotros y no siempre haciendo cosas malas. Nos acostumbramos a él. Sabemos siempre que son ficciones que han creado para nosotros. Y si metemos en la ecuación que además los humanos valoramos mucho el grupo… es decir que sea un ‘cabrón’ no está tan mal si es ‘nuestro cabrón’ porque si es un tipo ‘violento’ y dispuesto a hacer cosas…. Si es de nuestro grupo (y lo acabaremos percibiendo como de nuestro grupo) sabemos que hará esas cosas por preservar al grupo.» Efectivamente: Walter White hizo todo lo que hizo por su familia. Pero Heisenberg lo hizo por él.
Hannibal: un brillante doctor y un caníbal sibarita
«Es un acuerdo tácito entre ambos para ignorar lo peor de cada uno y poder seguir disfrutando de lo mejor»
Will Graham, sobre su amistad con Hannibal.
Para Hannibal (Mads Mikkelsen) «el canibal» (il Monstro, el Doctor Lecter), lo suyo no es canibalismo. Para serlo, debería comerse a un ser igual a él. Pero considera a sus víctimas -y por eso las elige, en la mayoría de los casos- seres mediocres, que nunca estarán a su nivel. De algún modo, está haciéndole un favor al mundo; juega a ser Dios. La cabeza de Hannibal es un pozo sin fondo y muy muy oscuro de pasiones de todo tipo, de sabiduría, de vastos conocimientos sobre la mente humana, de innumerables talentos artísticos, de inquietud cultural y refinados gustos.
También para la comida: cocina a sus presas y las emplata con el esmero y el savoir faire del mejor chef del mundo. Es obsesivo con el detalle, pulcro en el vestir y exigente en modales. Puede decidir matar a alguien en el mismo instante en que le ve poner los pies sobre su mesa. Puede matar a alguien sin dejar de lucir impecable en su elegante traje. Es puro contraste, también para el espectador: le repugnan sus actos pero le fascina (en la manera en que fascina lo prohibido, lo oscuro) cómo los realiza y esas composiciones en sus escenas del crimen, que ofrece al mundo como obras de arte.
«La gente tiene capacidad de distinguir la realidad de la ficción y no parece haber ningún motivo para pensar que puedan traer problemas. Salvo caso de patología, la gente entiende qué es reprobable en un héroe; ‘la brújula moral’ no se rompe y es una buena opción para explorar realidades morales diferentes.»
Guido Corradi, psicólogo.
El continuo juego del gato y el ratón con la policía en la que se infiltra como experto y amigo, y su enfermiza relación con Will, buscando ser cazadores y cazados al mismo tiempo, es un cliffhanger interminable que empieza en el primer capítulo y nunca acaba. El espectador se hace adicto a ese ritmo de suspense, deseando que nunca le atrapen. Y la posibilidad de asomarse a una mente tan única como la del Dr. Lecter desde la comodidad y la seguridad del sofá puede convertirse en un placer, pese a lo macabro que se oculta en ella.
Dexter: un asesino con un propósito
«Mi nombre es Dexter, Dexter Morgan. No sé lo que me hace ser como soy… lo que haya sido, me dejó un vacío dentro». Así se presenta al espectador este psycho-killer y al mismo tiempo un tipo encantador, desde el comienzo de la historia. Sin procesos, sin catarsis, sin tapujos: sabe lo que es, que no tiene corazón. «Soy un monstruo único». Pero, como otros monstruos, tiene sus razones. Y a diferencia de otros, tiene normas. Para él, acabar desmembrando a asesinos o violadores que consiguieron burlar al sistema no es matar, es «sacar la basura». Su padre le enseñó que si hay propósito, no es asesinato.
«La toma deliberada de una vida representa la desconexión definitiva de la humanidad. Te deja como un espectador, siempre echando vistazos, buscando compañía.». Emocionalmente Dexter (Michael C. Hall) es un espectador. No ama, no siente, no padece. Pero también es un justiciero, que acaba lo que el sistema judicial dejó a medias. Un psicópata, obsesionado con mejorar sus habilidades como asesino y con la sangre, desde que descubrió cuando era sólo un niño su necesidad y su impulso de matar; una fuerza que, pese a todo, intenta controlar, porque establece su propia línea entre el bien y el mal.
La sangre es su vida y su trabajo: es forense y colabora con la policía, aportando sus conocimientos sobre la sangre, desde una perspectiva que los demás desconocen, para analizar la escena del crimen. Pero en sus ratos libres se va de cacería a los juzgados. Su padre, también policía, le entrenó para que aprendiera a canalizar este impulso para «hacer el bien» y a cubrir su rastro, a mezclarse, a encajar en la sociedad para poder seguir haciéndolo y sobrevivir.
«Si sentimos fascinanción por estos personajes malos es porque nos permiten acercarnos a una forma de entender la vida (y situaciones) alejada de nuestros principios, de nuestro entorno (no tenemos amigos como Dexter, por suerte), donde poder ‘experimentar’ como es un asesino sin tener que vernos expuestos.
Guido Corradi, psicólogo
La conexión es más evidente en cuanto a que, además de hacer lo que hace «por el grupo» (en este caso, la sociedad) como nos contaba Corradi, es el narrador y el protagonista: el espectador no conoce otro punto de vista que el que expone su voz en off y es guiado por él para aprender a distinguir entre unos malos y otros, entre unos asesinatos y otros. Se convierte en cómplice porque sólo él sabe quién es en realidad Dexter.
Sí, es un hombre enfermo. Colecciona gotas de sangre de sus víctimas, a las que mata, tortura, descuartiza y mete en bolsas de basura. Pero después se pone su máscara de hombre normal y es un ser humano, que se sabe víctima de su naturaleza asesina; incapaz de amar, pero muy hábil para fingir. Su sargento le odia y su teniente está enamorada de él. Son las únicas dos formas de ver a Dexter, que no deja a nadie impasible.
Frank Underwood o el precio del poder
Aunque sólo sea por aquello de la erótica del poder, Frank Underwood (Kevin Spacey) encandila. Sabe cómo hacer para convencer a quien sea de que las cosas se hagan como él quiere. Y si no es así, él mismo se encargará personalmente. Es un hombre frío, un jugador para el que las personas sólo son fichas en el tablero. Sólo así se llega a lo más alto de la política. Por el camino, asesinatos, conjuras, traiciones y todo lo que sea necesario. Incluso el deterioro de su matrimonio.
Pero ese tono que usa -sarcástico, haciendo gala de su humor negro- cuando se dirige al espectador rompiendo la cuarta pared y el hecho de que haga a los espectadores depositarios de sus secretos (y sus consejos) y sólo ellos sepan lo que piensa de verdad ayuda a establecer esa conexión íntima con él. En este caso, cuesta justificar sus acciones. No hay un pasado que le torture, no hay «nobles» motivos. Frank Underwood es una víctima de su ambición; su pecado capital, la avaricia.
«Antes del cambio de la ficción televisiva los personajes eran planos y muy identificables: les entendías desde la primera vez que los veías. Ahora no. Les vas conociendo poco a poco hasta que terminas comprendiéndoles. Son personajes ricos en matices.»
Tirso Conde, guionista de televisión.
Este hambre voraz de poder y la habilidad que le proporciona para ir escalando peldaños resultan muy seductores desde el punto de vista narrativo. El espectador le ha visto llegar a lo más alto, igual que le ha visto caer. Le ha acompañado durante su ascenso y le ha visto, también, hacer cosas buenas (aunque pocas). Tiene carisma, magnetismo. Puntos fuertes en los que se apoya para manipular, como «manipula» al espectador con su cháchara.
‘House of Cards’ muestra cómo es el juego de la política y lo que se cuece en el despacho oval, en realidad; el enorme peso de su responsabilidad y lo que le cuesta llevarlo sobre sus hombros. A pesar de su frialdad y su falta de escrúpulos, es un hombre al fin y al cabo. Que a veces llora y sufre. Debajo de todas esas capas hay un tipo que sigue pensando que sentarse a disfrutar de unas buenas costillas a la barbacoa es un placer comparable al del éxito.
El antihéroe nació en el cine
Las series deben sus antihéroes al cine y a personajes como Charles Foster Kane (Orson Welles en Ciudadano Kane), «un personaje antipático al que terminas por comprender», dice Tirso Conde, que destaca también a William Munny (Clint Eastwood en Sin Perdón) o a Hans Solo frente al bueno de Luke: «En La guerra de las galaxias el héroe clásico y el antihéroe cabalgan juntos. Luke Skywalker es bueno, generoso, sincero… ¡prácticamente un santo! Han Solo es bueno, sí, pero también egoista, mentiroso y pesetero… ¿Y a quién nos pedíamos cuando éramos pequeños? A Han Solo, sin duda. ¡Éramos capaces de rechazar los poderes jedi por parecernos más al cínico Solo que al plano y santurrón Skywalker!».
«Un antihéroe no tiene por qué ser malvado, es un personaje que no está preparado para la aventura a la que se tiene que enfrentar.»
Simón Fariza, guionista de cine.
Pero Simón Fariza nos habla de otro tipo de antihéroe, no necesariamente malo, simplemente, imperfecto: «Como guionista me encantan los antihéroes de los años 80; sus protagonistas son personas “normales” que se tienen que enfrentar a aventuras sorprendentes. Es el caso de películas como Fright Night, Jóvenes Ocultos, Los Goonies, Regreso al futuro, Willow… que contrastan con los Superman, Indiana Jones o Conan. Son personajes con debilidades, con dudas, con sentimientos encontrados, que les hacen más complejos.En cuanto a los malvados, el cine de terror está lleno de grandes ejemplos: Norman Bates, Jason, Michael Myers, Freddy Krueger, Max Cady o Hannibal Lecter.»
