Ya sea actualizados o respetando el contenido original -incluso sin remasterizar, algunos programas deberían volver a la televisión para hacer de ella un mundo mejor. Porque por el camino algunos formatos olvidaron el cómo se hace. Porque hay nuevas generaciones que se perdieron consignas importantes; y la época en la que la televisión, encorsetada en la única oferta de dos canales -programas, entonces- hasta la llegada de las privadas, debía hacer un esfuerzo por contentar a su audiencia, que no tenía otros lugares que transitar, y a todo su target, desde los niños hasta los ancianos.
Pero sobre todo porque hace 30 años aún primaba ese espíritu pedagógico que debe conservar la televisión, como medio de comunicación. Ese «formar, informar y entretener» es una fórmula de difícil equilibrio, pero algunos de estos 16 programas, tanto de los de hoy como los que veremos la semana que viene (‘¡Qué grande es el cine!’, ‘Nosolomúsica’ o ‘Caiga quien Caiga) conseguían los tres objetivos. Y vosotros, ¿qué viejas glorias de ayer reviviríais? ¿Qué programas os gustaría que no hubieran sido cancelados? Retrocedemos hasta 1984 y comenzamos con los ocho primeros.
La Bola de Cristal
El programa nostálgico por antonomasia. Cualquiera que haya crecido al calor de las enseñanzas -políticas, económicas, sociales, filosóficas o históricas- de los Electroduendes atesorará esta época de su vida televisiva como mágica. Pero el programa de Lolo Rico se quedó en mito, en contenido de culto. Sólo una generación lo disfrutó, al contrario de otros programas infantiles o series de dibujos que llevan años reponiéndose o incluso reinventándose (véase, la nueva Heidi, la nueva Abeja Maya, las nuevas Tortugas Ninja, etc.). Y sin embargo, lecciones como «Si no quieres ser como estos, lee» o «Solo no puedes, con amigos sí» nunca dejan de ser necesarias ni han perdido su fuerza como eslóganes, 30 años después.
Entonces intentaban fomentar el gusto por la lectura partiendo de la necesidad de un pensamiento crítico: no seas un borrego más, piensa por ti mismo. Un consejo que no pasa de moda y que quizás sea más necesario que nunca en una sociedad en la que «el 35% de la gente no lee nunca o casi nunca» (Barómetro CIS, enero 2015). Princesas que no se dejan seducir; bobines de los bosques luchando contra el Estado, consignas de libertad… Aquello era subversivo, pura sátira, y los niños lo sabían. Vivieron una revolución y muchos sólo lo entendieron al ver cómo cambió después el concepto de programa infantil. Y comprobar cómo sus visiones se cumplían.
«¡Viva el mal, viva el capital!»
Para los que no tuvieron la suerte de vivir la etapa de los dos canales (muchos creen que se veían mejores contenidos que ahora), La Bola de Cristal fue un programa contenedor infantil-juvenil presentado por Alaska en plena etapa punk (1984-1988) en la que nos ofrecían series, ojo, en blanco y negro (‘La Familia Monster’, ‘La Pandilla’), actuaciones (Santiago Auserón, Kiko Veneno, Pablo Carbonell o Pedro Reyes fueron también protagonistas), entrevistas, teatro de títeres con Los Electroduendes (con mucho contenido político) y La Bruja Avería (ese personaje feo y malvado que representaba al Capitalismo) o curiosidades de cine con La Bruja Truca.
Lo mejor era el tono: nunca trataron a los niños como si fueran incapaces de procesar algo más allá de unos dibujos facilones o unas canciones. Explicaban cosas «de mayores». De ahí su capacidad para aglutinar a varios hermanos de distintas edades. Todos se sentían incluidos y enganchados a esa bola que era, efectivamente, un alucine. Y eso es muy difícil de conseguir en un formato tan específico. Ya lo decía la canción de la cabecera: «¿Qué tiene esta bola que a todo el mundo le mola?»
Con las manos en la masa
Antes de que se inventara esa nouvelle cousine a base de aire y nitrógeno y su fusión en televisión con el formato talent-show, cocinar tenía mucho más de folklore y costumbrismo. ‘Con las manos en la masa’ se basaba en la gastronomía tradicional, utilizando los platos típicos (esos que nos enumeraban en la cabecera) como vehículo difusor de la cultura de cada autonomía. Aquella canción compuesta por Vainica Doble e interpretada por Joaquín Sabina y que pasaría a ser historia de la televisión nos hermanaba a todos alrededor de la lumbre: a los manchegos, con las migas con chocolate, a los vascos con el bacalao al pil pil, a los andaluces con el gazpacho con su ajo y su pepino o a los gallegos con el lacón con grelos. El maravilloso fondo documental de TVE que pone a nuestra disposición a través de rtve.es/alacarta incluye 73 de las 335 entregas que tuvo el programa en sus siete años de emisión (1984-1991), incluida la mítica visita de Simone Ortega, autora de 1080 recetas de cocina, que probablemente sea el libro más vendido de cocina, ever.
Así comprobaréis que unos callos también tiene su ciencia, como nos enseñó Sabina en cierta ocasión. En cada entrega (335 en sendas tardes de La 1), Elena Santonja recibía en su cocina-plató a un famoso, con el conversaba al calor del fogón. Creaba un clima muy hogareño, como si te invitara a su propia casa pero era el invitado el que escogía el plato y le ayudaba a hacerlo.Con este ambiente, la charla fluía fácil entre trucos de cocina, curiosidades sobre el plato o citas bibliográficas, si cuadraba.
Elena conducía la entrevista, elaborando un perfil gastronómico del invitado, mientras cocinaban juntos y compartían conocimientos. La estética del plato (y del plató), algo tan importante en los programas de cocina de ahora (véase, ‘Masterchef’) no era importante. No se emplataba, se servía. Y nada de minimalismo en las raciones. Además usaba la batería de cocina de toda la vida, esas ollas que aún se pueden encontrar en algunas casas y la mesa se vestía con mantel de cuadros, al estilo bodegón. La modernidad vendría con su sustituto, Karlos Arguiñano y su ‘El menú de cada día’, que ocupó el hueco de programa culinario que dejó repentinamente la retirada de este magnífico programa.
El Tiempo es Oro
Ya no hay concursos culturales como los de antes. Ni presentadores con la elegancia y el vocabulario de D. Constantino Romero, que trataba de Don o Doña a todos sus concursantes. Oír expresiones como «miel sobre ojuelas», «a flor de labios», del presentador parece evocar a tiempos del castellano antiguo. Y en cierto modo, tanto por su mecánica, por el nivel cultural de los concursantes, por lo naif de la realización o la exquisita compostura del presentador, recuerda a un tiempo muy lejano y a una tele que ya no existe. Hoy en día los concursos sobre «cultura general» han bajado mucho el listón. Exceptuando ‘Saber y Ganar’, no hay espacios que exijan un nivel de conocimientos tan alto como solía exhibirse en ‘El Tiempo es Oro’ (1987-1992).
Entre cortinillas con efectos ochenteros se iban sucediendo las pruebas: Los 80, ¿Dónde está?, Nuestros temas, ¿De quién hablamos? o Su tema, en el que el concursante podía lucirse eligiendo una materia en la que fuera realmente bueno. La única ventaja: se le daba la oportunidad de contestar «n» veces, mientras le quedara tiempo. Si se agotaba, perdía dinero (el tiempo es oro). Pero sin duda la prueba más mítica, esa que justifica el por qué de este concurso en esta lista, era la conocida como Las Superpreguntas. Preguntas redactadas para que parecieran trabalenguas y que escondían las pistas que les llevarían a la respuesta.
Para esta prueba, el concursante contaba con la ayuda de dos amigos y del fondo bibliotecario del programa. Hoy en día se resolvería sabiendo qué palabras googlear (que tiene su aquel). Pero ¿qué pasaría si enfrentáramos a los concursantes de ahora al reto de saber buscar en una enciclopedia? Parece una perogrullada, pero no lo es. Esta era de la información mascada, procesada, etiquetada y formateada en listas no fomenta la capacidad inductiva. Y ese era el mérito de los que conseguían dar con la respuesta de las tres superpreguntas, llevándose un millón de pesetas a casa o llegando a acumular 5 ó 6 en tres programas. Para entonces, mucho dinero.
Magia Potagia
Apenas duraba treinta minutos y se podía ver en TVE los domingos, justo después de ‘Si lo sé no vengo’. Pero fue, como las cartas o las monedas en las manos de su presentador, visto y no visto: se emitió desde enero hasta abril de 1988. Aunque no fueron estos los únicos momentos que Juan Tamariz pasó mostrando «algunas magias y diversas potagias», haciendo reír y «tocando» el violín en televisión: a ‘Magia Potagia’ le precedió ‘Por arte de magia’ y le siguió ‘Chantatachán’ en Telemadrid, en el que formaba una extraña pareja con Olvido Gara. Amén de cuarenta años de carrera como mago, que, a día de hoy, continúa.
Por eso, ‘Magia Potagia’ (como también se llama su espectáculo para teatros) es un clásico vigente. Más ahora que parece que se han vuelto a poner de moda los magos como Dynamost o El Mago Pop. Pero Juan Tamariz es distinto. No distinto a ellos, distinto a todos. Su melena crespada, su sombrero de copa, ágiles las manos pero también la mente cuando se trataba de poner a sus voluntarios en aprietos con su sentido del humor. Fue el mago que inventó la fórmula de magia más comedia, liberándola de esa solemnidad que siempre se le dio. La magia puede ser divertida. Es más, ha de serlo. Porque la diversión es parte de la magia, esa maniobra de distracción, ese recurso para que el espectador, incluso el que lo vea en vivo, baje la guardia y no sea capaz de percibir el truco.
Lo fascinante de la magia es, precisamente, verla en vivo. Y casi podía tenerse esa sensación en ‘Magia Potagia’, puesto que Tamariz (acompañado de otros ilusionistas como Pepe Carroll) practicaba sus trucos fundido entre la gente, a veces sentándose entre ellos como uno más y siempre desplegando esa gran sonrisa. Tamariz es sin duda uno de esos personajes que todos recuerdan con cariño (aunque pocos sabrán de su alias «Gazpachito») y teniendo en cuenta su larguísima trayectoria en televisión (hasta fue un supertacañón del ‘Un, dos, tres…’) y en los teatros, sus trucos serían ahora más espectaculares que nunca. Eso sí, siempre acompañados del nianoniano final.
‘Rockopop’
Los programas de música siguen siendo la asignatura pendiente de la televisión. Relegada a protagonizar sólo esos «minutos musicales» que sustituyen ahora a la Carta de Ajuste o a los noctámbulos Conciertos de Radio3 en La 2, la música no acaba de tener su lugar propio. Pero no siempre fue así: tuvimos ‘Tocata’, en las emisiones de La 2 en Cataluña ‘Plàstic’ o, más reciente, ‘Nosolomúsica’ en Telecinco (un programa que veremos la próxima semana). Y tuvimos a Beatriz Pécker que nos traía actuaciones, listas de venta, entrevistas o vídeos musicales cada sábado por la tarde, desde 1988 hasta 1992 con ‘Rockopop’ con un estilo fresco y juvenil. Aunque más bien no había dudas entre rock o pop. Era eminentemente pop.
Para un adolescente de la época, ver ‘Rockopop’ y escuchar en Los 40 Principales «Del 40 al 1» era estar a la última de lo que pegaba fuerte en ese momento. Con ‘Rockopop’, además, la audiencia tuvo la oportunidad de ver actuar a grupos internacionales: por allí pasaron REM, Texas o Bananarama, los hypers del momento. En nuestro país triunfaban entonces grupos como Tam Tam Go o Héroes del Silencio y de ellos se hacía eco el programa. Pero también de una lista interminable de nombres que jamás volveríamos a oír. Que hace falta más música en televisión, preferencias aparte, es evidente. Quizás no haya que repetir el mismo formato, pero sí ofrecer un lugar común para que la gente descubra nuevos grupos y se hable no sólo de superventas. Quizás fue ‘El Séptimo de Caballería’ de Miguel Bosé el mejor intento de devolverle a la música su espacio propio en TV. Pero no fue por mucho tiempo: tras trece programas volvió el silencio. Incluso MTV, el canal musical, empezó a olvidar su leitmotiv y a centrarse cada vez más con el paso de los años en programas de telerrealidad.
Waku Waku
Conducido con simpatía por la Chica Hermida Consuelo Berlanga primero (1989-1991) y por Nuria Roca en su segunda etapa (1998-2001) era otro de esos programas dominicales que alegraban el final de domingo pre-lunes en La 1, cuando los niños eran conscientes de que se acababa su pequeño permiso de fin de semana. Pero ver cachorros en plató o vídeos de bichejos en divertidas situaciones era una gran opción para combatir el aburrimiento dominical. Lo que lo hacía especial era su capacidad de ser tantos programas en uno: como si un documental de naturaleza, un programa de entrevistas y un concurso se fusionaran y con tan sólo treinta minutos de desarrollo. En esa media hora los invitados debían superar diversas pruebas basadas en imágenes: desde tratar de predecir el impredecible comportamiento animal en una determinada situación o demostrar cuánto saben de una especie en concreto.
Se trataba de acumular cuantas más respuestas mejor, porque el dinero recaudado iba a la protectora o asociación en defensa de los animales elegida por el ganador,/strong> que se iba a casa con un gran peluche de orangután y la satisfacción de haber sido solidario y haber contribuido a difundir el mensaje.Y es que no era un concurso al que acudieran anónimos para ganar dinero: al contrario, cuatro rostros famosos «regalaban su tiempo», como decía Consuelo Berlanga en el vídeo más arriba, para poner su grano de arena en una buena causa. El programa era casi un servicio a la sociedad, pero a la animal. Y todos salían ganando: los invitados pasaban un buen rato y mostraban su lado más tierno hablándonos de sus mascotas y los espectadores aprendían de zoología.
El espacio tenía además la firma de Narciso Ibáñez Serrador (‘Un, dos, tres… responda otra vez’, ‘Hablemos de Sexo’ o ‘Historias para no dormir’) quien, como hiciera con Ruperta tantas veces, intentó revivir el formato en una tercera etapa, rebautizándolo como ‘Jimanji Kanana’ pero no pasó de una temporada. Aún con todo, queda en el recuerdo de muchos esas imágenes del lagarto que podía correr sobre el agua o la letra de aquella sintonía buenrollera y con mensaje pro-animalista que cerraba el programa, pese a lo contradictorio de este mensaje con el hecho de mostrar imágenes de animales en zoológicos:
Debemos respetar al mundo animal, amor les das y amor te dan en cantidad. Amigos son si tú les tratas con bondad igual que ellos a ti. Seres vivos son y sienten como tú, si lo piensas bien será fácil que comprendas que formamos sociedad. Pequeños hermanos son, sufren y aman igual que tú y que yo, que tú y que yo.
‘Humor Amarillo’
Que vuelvan los mismos vídeos de los noventa o que lo graben de nuevo. Que cambien las pruebas o las localizaciones; todo eso daría igual. Lo fundamental si ‘Humor Amarillo’ volviese a antena sería que lo hiciera con las voces con las que se dio a conocer en nuestro país, a través de la cadena amiga. Fue uno de sus primeros programas (1990-1995) y un éxito gracias especialmente al doblaje de Juan Herrera y Miguel Ángel Coll, que fueron mucho más allá de inventarse -porque nunca tradujeron en realidad- los diálogos: crearon todo un universo particular cuyo centro era el Chino Cudeiro, un japonés random, que moría frecuentemente en la versión posterior de Cuatro (2006). A partir de ahí, la hija del Chino Cudeiro, la mujer del Chino Cudeiro, el cuñado… Y no es que ver a los concursantes mordiendo el polvo de estas múltiples formas no fuera divertido per se, pero los comentarios eran un aliciente tal que cuando se repitió en Cuatro, muchos fans sintieron que no era lo mismo.
Lo más curioso de ‘Humor Amarillo’ es que el Chino Cudeiro es que en realidad era japonés, pese al empeño de los comentaristas y que así lo confirmaba la cabecera original. Habrá incluso quien no sepa que esto era totalmente real (no como la lucha libre) y que un puñado de kamikazes se prestaban (a veces con toda la prole) a arrastrase por el fango, a adherirse a una pared en pleno vuelo, como si estuvieran hechos de velcro, a dejarse apalizar en una partida de balón prisionero como única diana, a convertirse en bolos humanos, a pasar por el agua para embarrarse otra vez…
Todo por un millón de yenes (lo que se llevaba el intrépido ganador final) y para goce y disfrute del cineasta japonés Takeshi Kitano, responsable del programa y dueño del castillo (¡Diversión! El Castillo de Takeshi era la traducción del original) en el que se grababa toda esta locura. Él junto a sus secuaces eran los encargados de juzgar sin piedad a los supervivientes en la prueba del karaoke pero contaban con otros amigos (como los particulares chinotauros del laberinto que acechaban tras las puertas a los concursantes) para dirigir esta particular gymkana.
‘Al Ataque!’
Si hablábamos de universos particulares en ‘Humor Amarillo’, lo de ‘Al Ataque!’ era inconmensurable: ¿cuántos famosos fueron imitados por Alfonso Arús y compañía? ¿cuántos personajes se crearon, a veces a partir de un vídeo en el que un famoso patinaba con unas desafortunadas declaraciones o una desconcertante actitud? Porque Manuel Rodríguez El Cordobés no era una imitación del torero basándose en unas imágenes concretas y explotando un latiguillo (El «te voy a comer la patilla» de Juan Guerra o el «Papuchi· de Julio Iglesias. Era como darle vida a un viral de YouTube, para que nos entendamos. De hecho, ellos crearon ese concepto con vídeos como el de Endevé La Sole y las consignas de sus personajes se hicieron celebérrimas.
Además de las parodias de todo tipo de personajes recurrentes (especialmente del ámbito del fútbol, como Jesús Gil o José Luis Núñez y la política, como Rosa Conde, encarnada por el mismísimo Andreu Buenafuente) ‘Al Ataque!’ ofrecía otras secciones como Arús con Leche, una especie de zapping-coloquio en el que Alfonso Arús y sus colegas radiofónicos Sergi Mas y Jorge Salvador analizaban esas joyas audiovisuales que llegaban a sus manos; precisamente fue el programa que compartieron en M80, Arús con Leche, el que inspiró en parte todo este universo de ‘Al Ataque!’ o ‘El Chou’, que vendría a sustituirle sólo un año después con un formato muy similar.
En El fútbol es así se hablaba de la liga analizando vídeos de partidos y Javier Cárdenas llenaba el programa de colorido con los personajes bizarros que descubría, no se sabe muy bien cómo, del tipo Manolito Pozí, Carmen de Mairena o Carlos Jesús/Micael/Cristopher, personajes que seguiría explotando después en ‘Crónicas Marcianas’ o incluso una infame película, FBI (Frikis Buscan Incordiar). Todo el programa emanaba ese estilo «cutre salchichero», como le gustaba decir a Arus, una frase que importó de ‘Vídeos de Primera’. Los cromas eran lamentables y tampoco se esforzaban mucho en la caracterización: a veces usaban caretas pero otros personajes sólo requerían una boina o unas gafas y una peluca. Pero consiguieron crear toda una cultura popular en torno al programa, convirtiéndose en míticos pese a haber estado sólo un año (1992-1993) en antena.